JoomlaLock.com All4Share.net
“Hay que pensar una ciudad hacia el futuro y no en términos cortoplacistas”

El 13 de noviembre del año pasado, Marcelo Danza fue nombrado el nuevo Decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Veinticuatro horas después, asumió el desafío, luego que su antecesor, el arquitecto Gustavo Scheps, había terminado su decanato y se jubiló. En entrevista con Del Constructor, Danza se refirió al origen de la arquitectura, a Montevideo y su acervo patrimonial, a la relación entre la arquitectura y las  necesidades sociales, y al déficit habitacional.

Para el imaginario colectivo, la Facultad de Arquitectura, los arquitectos, es como algo muy lejano, no integrado podríamos decir, a lo cotidiano.

 

Por un lado está el trabajo, la profesión, lo que sería la función del arquitecto, y después la formación y la Universidad. Aquí entra, de algún modo, el Decano. El trabajo de un arquitecto, como toda actividad que vincula a los hombres en una construcción cultural, es que, con el paso del tiempo y gente con ciertas habilidades, fueron generando especializaciones.

En el caso de la arquitectura específicamente fue la necesidad de transformar el hábitat para sobrevivir, que es algo inherente al ser humano. De hecho, el inicio de la tecnología para muchos es cuando el primer hombre agarra una piedra y la usa para defenderse.  O sea, tira la piedra para alejar a alguien, ante la amenaza de un semejante o un animal. El uso de algo con un destino diferente, sigo con el ejemplo de la piedra como herramienta para generar un área de protección, es considerado el inicio de la tecnología. Es decir, tomar del medio algo y darle un uso que me es funcional a algo que preciso y que, en este caso, es protección, generando un área de resguardo para el hombre. Hasta donde llega la piedra, no se acerca el animal. Hay como una primera delimitación del territorio. Y después, la necesidad, en un día de frío por ejemplo, de generar una segunda piel, o confort ante un clima hostil. Esa actividad funcional para protegerte, que es la transformación del espacio, del lugar donde se vive, de la naturaleza, es en esencia la arquitectura. Ese es el origen que no hay que perder.

El sentido de dar cobijo. Y cuando vas a un grado de acondiciomiento que excede ponerse algo en el cuerpo directamente, se genera la arquitectura.

 

Tiene entonces un componente funcional.

Exacto. Y después, como pasa con los seres humanos, todo tiene un componente simbólico. Una vez que se empieza a hacer una construcción, esa construcción puede tener simbolismo.

En la medida que empieza la transformación del espacio, material, real, por un tema operativo, funcional, empieza también la transformación simbólica del espacio.  Se dice que, históricamente, se ha asociado la arquitectura al sedentarismo, pero hay un arquitecto italiano que dice que en el nomadismo se encuentra el origen de la arquitectura. Porque los nómades cuando comienzan a reconocer un espacio, un río que está cercano, por ejemplo, construían un mapa mental de ese territorio que permite la comunicación y la orientación.  Esa construcción ya es simbólica y eso ya es un primer acto de arquitectura.  Eso fue evolucionando con gente que tenía más capacidad manual para generar construcciones y la trasmisión de códigos y conocimientos de uno al otro. Esto fue generando un oficio. Miles de años después llegamos a la arquitectura dentro de nuestra cultura occidental, donde inclusive hay una búsqueda de una vinculación de la arquitectura con los dioses y con la matemática.

Después llegamos al arquitecto, escultor y orfebre renacentista italiano Filippo Brunelleschi, a través de un concurso que hubo en Florencia, donde se da por primera vez la separación entre quien piensa la arquitectura y quien la ejecuta. O sea, el arquitecto que dibuja y el maestro de obra, el capataz, el artesano, que la ejecuta. Ese momento de separación entre el creador intelectual y el creador material, algo que no sucede en las otras artes. Esa separación intelectual es la que da el surgimiento del arquitecto.

 

¿Cuál sería entonces la función del arquitecto en la actualidad? 

Es la persona que se formó para generar esa transformación en el espacio, que hoy, obviamente, maneja tecnología y una lógica producto del siglo XXI que vivimos, pero sigue siendo eso primigenio de lo que te hablaba.  

 

La arquitectura y lo social 

Hay un separación entre el arquitecto que proyecta una obra y quienes la ejecuta. Ahora, ¿cuándo el arquitecto se une, si es que lo hace, con las necesidades sociales de los habitantes de una ciudad? 

Acabas de tocar un tema clave, en el sentido de que, también, cunado pasan estas cosas se generan las elites, se genera la cultura paralela como pasa en todas las disciplinas. Un grupo de gente que empieza a hablar de cosas que solo les interesa a ellos por su propia formación. Entonces se empiezan a discutir temas que van generando su propio código de palabras, de problemáticas. Pero las ciudades siguen transformándose, la persona que vive con sus hijos y no tiene dinero para contratar a un arquitecto, agarra cuatro chapas, le pregunta al vecino cómo hizo el ranchito, y se lo pone a hacer. Esa necesidad básica, elemental, humana que, insisto, no deberíamos perderla como perspectiva.

Y es verdad que a veces, y sobre todo cuando se genera una profesión nueva, se empieza a generar ese clima de elite. Y ¿cómo logras que exista una vinculación entre ambos mundos? Bueno, ahí está el éxito de la profesión. Hay otra cosa clave que tiene la arquitectura en ese sentido. Es que esa persona que piensa intelectualmente la obra, básicamente vive del excedente del ahorro. Quiero decir, alguien piensa en llamar a un arquitecto para hacer o reformar una casa cuando hay un dinero ahorrado. Por lo tanto, primero hay que tener un trabajo, luego que ese trabajo sea lo suficientemente bueno para tener capacidad de ahorro. Eso ha generado que la gente que accede al arquitecto sea un grupo pequeño de la sociedad.

Lo mismo con las instituciones, primero tienen que generar ahorros para acceder a un arquitecto. Por eso es una profesión que ha estado históricamente vinculada a las élites, pero no a la transformación del espacio. Insisto, la transformación del espacio la hace la persona que cada mañana decide sobre su casa. Así se hacen las ciudades. Y esto es una de las tensiones que creo tenemos que resolver. Esto ha sido histórico pero, sin duda, a medida que pasa el tiempo y que la sociedad no logra resolver las contradicciones, las diferencias sociales que son cada vez más radicales, se hace más fuerte y necesario el cruzar estos dos aspectos de los que hablaba.

 

Esa imposibilidad de acceder a un arquitecto en la mayoría de los habitantes de una ciudad, pongamos como ejemplo Montevideo, hace que esa transformación se haga de forma caótica. 

Absolutamente. Los arquitectos y los urbanistas nos enojamos a veces con lo que se hace en la ciudad. Pero, en el fondo, es enojarse con una realidad, y lo digo como autocrítica y como desafío, donde nosotros, los arquitectos, no estamos  interactuando. Y esto es uno de los problemas que sucede especialmente en Latinoamérica. La cultura arquitectónica y urbanística occidental, la norteamericana y europea, en la que nosotros más nos hemos formado, tiene preparación para interactuar con la ciudad formal, con la administración pública que tenga un plan urbano. Hay sí existen herramientas que te da la formación, pero no tenemos la formación para interactuar con la ciudad que cambia cotidianamente, con la ciudad que se autogenera. Ha habido como cierta impotencia que durante mucho tiempo significó mirar para el costado. Es más, se veía como algo que había que barrerlo, sacarlo. Pero cuando algo se mantiene en el tiempo, ya no es una patología, de repente es una característica de las ciudades latinoamericanas.    

 

Ese, llamémosle “divorcio”, entre la profesión de arquitecto y la realidad social que se genera día a día, ¿cómo se resuelve? 

Hubo intentos de diferentes tipos, pero hay experiencias  en ciudades como Medellín en donde, si bien ese divorcio no se supera, en el sentido de que muchas de las intervenciones que se hicieron en esa ciudad fueron a través de las intendencias  y de concursos de arquitectos, es decir que surgen, y esto lo digo entre comillas de la alta cultura arquitectónica, tuvieron sí como objetivo interactuar, poner edificios, espacios públicos, bibliotecas, en los lugares marginales. La importancia de estas experiencias es aprender de lo que eso va dando como resultado.  Existe un diálogo con los protagonistas, existe un ensayo sobre donde se colocan los espacios públicos, por ejemplo, se recoge información de esa experiencia que se aplica en la próxima. Entonces no miraría a la arquitectura como una profesión de cortesanos para un grupo de elite, ni tampoco la miraría ingenuamente como una profesión que puede cambiar  una ciudad, un espacio, de un día para el otro.    

 

Arquitectura y humanismo

¿La Facultad de Arquitectura es consultada por organismos del Estado, como el MVOTMA, la Agencia Nacional de Vivienda o las intendencias? 

Hay cosas que se han hecho, convenios, acuerdos, y cosas que se están haciendo ahora como lo del proyecto APEX de la Universidad de la República. De hecho, tenemos un asistente académico, Miguel Faccioli, que trabaja mucho en eso. Ahora estamos tratando de lograr un acuerdo con el Congreso de Intendentes. Con los alcaldes, por ejemplo, como tercer nivel de gobierno y con mayor cercanía con la gente, estamos realizando talleres de manera de tener insumos. Lo primero es entender, tener un diagnóstico, de lo que está pasando. También con los ministerios ha habido experiencias puntuales. Yo creo que hay un proceso en construcción. Si bien no estamos en una situación ideal, tampoco estamos en cero.  Además, hay una cosa importante y es darle visibilidad a estos acuerdos, acercamientos y talleres. Que la gente sepa lo que se está haciendo y que lo sienta como propio.

 

¿Cómo ve a Montevideo a nivel arquitectónico?

La veo bien porque es una hermosa ciudad. Tiene una matriz geográfica muy buena, con una exposición directa al río, con arena y playas, y eso significa un espacio público increíblemente democrático. También tiene una matriz urbana buena, con buenas avenidas y edificios icónicos del Art Decó. Lo que creo, también, es que hay que pensarla seriamente para el futuro en dos aspectos. El primero es en cómo mantenemos lo que tenemos y, en segundo lugar, cómo la proyectamos para el futuro. La expansión del parque automotor ya es un hecho. 

En el mundo contemporáneo sino hay una expansión del mercado automotor es porque la gente empezó a tener menos trabajo y menos poder adquisitivo. Todo esto requiere que la ciudad tenga algunas vías de comunicación más fluidas. Hoy, por más que si los montevideanos salimos a una hora pico terminamos desconociendo a Montevideo por su flujo en el tránsito, esto ocurre solo en algunos horarios.  En ciudades de México, o en San Pablo, eso no pasa. Son ciudades que están colapsadas las veinticuatro horas del día. Ahora, para que eso no nos ocurra dentro de cincuenta años, hay que pensar la ciudad del futuro.       

Creo que nosotros tenemos medidas cortoplacistas que no tenían los que, por ejemplo, plantaron los árboles de Montevideo. Pongo un ejemplo cualquiera. Si uno sale a caminar por Parque Rodó, La Comercial o Palermo, hay que ver lo que significa la arbolada. En otoño las hojas en el piso, la sombra en verano. Los tipos que plantaron esos árboles, lo hicieron para el disfrute de otra generación. Había una mirada al futuro. Otro ejemplo de esa concepción de proyectar una ciudad es la Rambla Sur. Cuando se proyectó y se construyó era para cuatro cachilas en aquel momento, pero si hoy no existiera sería imposible descongestionar el tránsito. Eso lo hizo gente que no lo vio y que tuvo una visión increíble de futuro. Eso es lo que nos está faltando. Otro ejemplo, el Prado tiene un parque y unos árboles increíbles y hoy está muy descuidado. Barandas del  puente sobre  Buschental que se rompieron hace cuatro años y siguen rotas, luz que no hay. Se trata de mantener lo que ya hay. Eso lo recibimos como legado y debemos mantenerlo. Y así ocurre con un montón de espacios públicos y edificios simbólicos. Mantener lo que está y tener una visión de futuro. Ahora está toda la polémica sobre la torre en Maldonado (se refiere al proyecto del arquitecto Rafael Viñoly para el ex hotel San Rafael). Este debate nos debe servir para pensar hacía el futuro. ¿Las torres en algún momento van a venir o no? Bueno, van a venir. Y si no vienen es porque a nadie le interesa Uruguay. Tal vez no sea ese el lugar, pero hay que definir donde se pueden construir. Lo hizo París, generó una ciudad paralela que destinó a la instalación de todas las corporaciones y edificios, y el París antiguo, histórico, quedó preservado. Es decir, Francia no le dijo a esos inversores `váyanse para otro país´. En el mundo contemporáneo es así. Si nadie viene a golpear en tu país, es porque tu país no está siendo atractivo para nadie. Hay un equilibrio, o debería haberlo, entre no negar la realidad y preservar lo que ya está construido.  Estas cosas, la arquitectura y el urbanismo deben evaluarlas.  Esa perspectiva de pensamiento a futuro es lo que nos está faltando.

 

Otro de los aspectos, a esta altura, un problema endémico, es la carencia de viviendas cuando hay decenas de edificios abandonados.

Es cierto. La arquitectura y el urbanismo, como todo, tienen mucho de ideas y tienen muchísimo de gestión y de decisión política. 

Entre la idea y que eso se transforme en algo real pueden pasar años de gestión. Hay una demanda de vivienda grande, proporcionalmente para lo que es una población chica como somos, con lo cual siempre da esa sensación que este problema sería abordable un proceso en el tiempo de generación de viviendas o, como bien dijiste vos, usar metros cuadrados vacíos que tenemos, pero vacíos abandonados, no vacíos en el sentido de que alguien que tiene una segunda casa en un balneario muchos veces vacías, pero que la usa como lugar de descanso. 

Me refiero a viviendas vacías porque falleció el propietario hace décadas y no hay sucesores. Esas construcciones después aparecen tapiadas, lo que es un desastre desde el punto de vista de la calidad urbana.  Y a la vez, tenés personas durmiendo en la calle. Ahí hay, sin duda, cosas para hacer. 

 

Y ese déficit habitacional, ¿no puede ser contrarrestado con el avance de la tecnología en materia de construcción? Esos nuevos sistemas constructivos han logrado bajar el costo de la vivienda y el tiempo de finalización de obra. 

Totalmente. Tuvimos una reunión con un integrante de “Un techo para mi país”,  que se había recibido del arquitecto y, consciente de que lo que se hace es muy precario, las llamadas mediaguas, nos decía que le gustaría hacer un concurso donde surjan ideas para cómo generar un prototipo que solucione más integralmente el problema con otra calidad arquitectónica para el uso de las personas.

Hay una experiencia en Chile muy positiva e interesante al respecto llevada a cabo por el arquitecto Alejandro Aravena. Él hizo una experiencia muy interesante. Pregunta al Ministerio de Vivienda chileno cuánto se gastaba en una vivienda tipo Mevir, por poner un ejemplo. Tomó ese monto e hizo un concurso internacional con ese dato convocando a realizar otras viviendas, con otras características de calidad y de confort, sin pasarse de ese monto. Y se concretó en una experiencia bien interesante, porque además prevenía el crecimiento, prevenía ciertas condiciones de urbanidad  como construir una manzana entera y no casas aisladas. Esto te permite saber cómo funciona, qué pasa a los cinco o diez años, cómo esos pobladores e fueron apropiando, en el buen sentido, del espacio destinado para el crecimiento. Sin duda hay mucho para hacer.

Visto 115 veces
Compartir
Top